OPINIÓN

31/08/2018

Justos y pecadores

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Este fin de semana, una barra brava desplegó lienzos y alguien lanzó una bengala a la cancha, lo que no está permitido. ¿Qué se hace cuando no es posible identificar a los autores? ¿Sancionarlos a todos? ¿Dejar esos hechos sin sanción? Aquí en la tierra es difícil separar a los justos de los pecadores. Si de verdad se desea resolver el problema (un supuesto poco creíble en varios equipos), es necesario actuar con estrategia. ¿Cómo lo hicieron los ingleses para que desaparecieran los “hooligans”?

Imagínese ahora que el problema es el medio ambiente. Las empresas chilenas se quejan porque en Chile hay demasiadas instancias que intervienen con poderes amplios, con incertidumbre hasta el final. Barrancones y Doña Dominga son dos ejemplos de proyectos que sucumbieron en la recta final, por decisiones políticas- la primera murió en un discurso presidencial, y la segunda en un Consejo de Ministros que no fue deliberante. “Queremos certeza jurídica”, claman los empresarios. Es cierto que la certeza jurídica es justa para los justos. Pero como es imposible que la ley pueda anticiparlo todo, la certeza jurídica también puede contener resquicios que premian a los depredadores (“todo lo que la Ley no prohíbe está permitido”). Y el castigo ex post es como en el fútbol. O como en Quintero y Puchuncaví. ¿Existirá un equilibrio entre la arbitrariedad y la certeza jurídica? Yo creo que sí. Pero con un esfuerzo que requiere persistencia en el tiempo.

Escribo todo esto a propósito de la nueva Reforma Tributaria. Yo creo que es conveniente que el impuesto que pagan las empresas sea crédito del que pagan las personas e inversionistas extranjeros (sistema integrado). Tuve el privilegio de participar en las reformas de 1990, 1993 y 1998. En las tres se mantuvo la integración, pero se cerraron múltiples vacíos legales ampliamente utilizados para eludir impuestos, y se fortaleció el SII. Pero cuando se cierran vacíos, surgen otros, y hubo descuido por varios años. En 2013 ya era un mero trámite mover las utilidades para dejar para retiro las que contenían el crédito más alto, o el adquirir sociedades con pérdidas acumuladas para aprovecharlas tributariamente, entre otras artimañas. No me extrañó -aunque tampoco me gustó- cuando el gobierno anterior desarmó el sistema. Fue como vender el sofá.

La nueva reforma repone la integración, pero en un proyecto compasivo con el blanqueo de capitales, con una norma antielusión descafeinada y con demasiada alusión a la certeza jurídica. Además, abre nuevos espacios de elusión con lo propuesto para las ganancias de capital y para las operaciones en el extranjero con activos chilenos. La integración de impuestos tiene beneficios, pero también tiene costos. Esto es, un SII con garras afiladas y más compasión por el interés público.

Columna La Tercera

Fuente: La Tercera

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